Estimado turista: te habla tu camarera.

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Foto: Cristina Aibar.

¡Hola! Me llamo Cristina, soy una periodista madrileña de 29 años. Acudo a Barra de ideas porque me gustaría contar una pequeña historia a cerca de mi vida muy vinculada al periodo estival que acaba de comenzar. Os cuento. Hace cosa de un año dejé mi tierra natal con intención de ubicarme en la provincia de Huesca por tiempo indefinido. Madrid se estaba convirtiendo en un lugar hostil para mí, encadenando empleos que no me permitían ser autosuficiente. A pesar de los múltiples intentos por ejercer mi profesión con dignidad, lo único que conseguía eran colaboraciones altruistas y alguna oferta en el sector de las ventas cuyo sueldo no me alcanzaba ni para llegar a mitad de mes.

Ahora, llevo un año trabajando de camarera en un pueblo turístico del Pirineo Aragonés. Mi nómina me permite respirar tranquila, superando lo que mi pareja y yo lográbamos reunir al mes en Madrid. Vivimos en una casita en medio del campo y nuestros ratos libres son para disfrutar de la montaña, de los barrancos, de la bici… en definitiva, de todo lo que ofrece esta asombrosa región sin necesidad de gastar mucho, como sin embargo una ciudad parece reclamarte constantemente.

Pero como todo en la vida, este paso hacia el cambio que di hace un año no solo está plagado de ventajas. También hay unos cuantos inconvenientes, y me centraré en el más importante para mí: la falta de variedad en lo que a ofertas de empleo se refiere. Aquí, fuera de los sectores hostelero, comercial y ganadero poco más encuentras. Ninguno de ellos es merecedor de desprecio o rechazo por mi parte, ni mucho menos. Sólo que ahora, desde otra perspectiva, me da la sensación de que no todos los trabajos reciben de la mayoría de las personas el mismo respeto.

En cuanto a la hostelería, el trato que los camareros soportamos de muchos clientes daría para escribir una enciclopedia de malos modos. Os pongo en situación. En el restaurante en el que trabajo hay una terraza grande con unas veinticinco mesas. Dentro hay dos comedores, uno pequeño con cinco mesas y otro más amplio con otras veinte más. En las noches de verano se nos hacen unas listas de espera interminables, y aún cerca de las doce de la noche se sienta gente a cenar.

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En medio del barullo siempre hay quienes parecen entrenados para hacerte más difícil el dar un buen servicio a todos los clientes por igual. Justo ahora que llega la temporada fuerte en la que todo el mundo pasa más tiempo en las terrazas de los bares o en los chiringuitos que en sus propias casas, estaría bien que tomásemos conciencia de que las personas que se dedican a la hostelería merecen el mismo trato exquisito que recibirían de ser directores de ventas de grandes multinacionales. Nuestra labor es igual de respetable y está enfocada, especialmente en los lugares turísticos, a completar la felicidad en el tiempo de asueto de nuestros clientes. ¿Qué cosas, a menudo, pueden molestarnos o menoscabar nuestra paciencia? Aquí os pongo algunas de las que personalmente más me irritan:

  • La impaciencia por sentarse. A menudo no hemos limpiado o montado la mesa en cuestión y ya tenemos a todos sentados alrededor entorpeciendo nuestra tarea.
  • Familias que vienen en hora punta solicitando rapidez con su comanda porque los más pequeños tienen hambre.
  • Mesas que te llaman cada cinco minutos porque les falta bebida, pan, un salero o un bote de ketchup y no saben pedirlo todo a la vez para ahorrarte tiempo.
  • Padres incapaces de mantener a sus hijos alejados de los pasillos por los que los camareros pasamos cargados de bandejas con bebidas o platos pesados de comida.
  • Clientes que van a la caja a pedirte la cuenta dando por hecho que sabrás dónde, de las cincuenta mesas, estaban sentados, incluso aunque les haya atendido otro camarero.
  • Personas que exigen tu atención a gritos o chistándote como a un perro.
  • Vecinos del pueblo que van al restaurante en temporada alta sabiendo que estará a petar y reclamando trato preferente por ser del pueblo y no turistas.
  • Personas que te tratan con desdén dando por hecho que por trabajar de camarero perteneces a una clase social muy inferior a la suya.

Y así podría citar unas cuantas más. Con esto sólo pretendo llamar la atención de quienes se disponen a disfrutar de sus vacaciones en las próximas fechas. La paciencia es un don, dicen, y para agobiarnos en horas punta ya estamos nosotros. Ustedes, queridos clientes, limítense a descansar, a ser corteses. Que se note que han salido de la rutina, que pueden escapar del calor, que tienen la suerte de disfrutar de sus familias… que para trabajar fines de semana, puentes, festivos y meses de verano (estos últimos a menudo sin descansos semanales) ya estamos nosotros. Desde luego, si hay algo que tengo claro es que nuestras condiciones laborales no deberían ser motivo para tratarnos como a pringados, sino como a héroes capaces de aguantar la tempestad para que otros aprovechen al máximo sus ratos de ocio.

Y hasta aquí quería contaros. Gracias a Barra de ideas por cederme este espacio y a todos los que habéis llegado hasta aquí leyendo. No olvidéis que los camareros que os llevarán a la mesa la comida estas vacaciones también son humanos. Un saludo y feliz verano.

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