Turismofobia: la última trinchera de la industria turística.

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Rodrigo Domínguez | Madrid

Sí, el sector turístico es el motor de la economía española: generamos más empleo que cualquier otro sector (un 14 por ciento de la población activa en temporada alta según la EPA); suponemos el  11 por ciento del PIB nacional; hemos crecido un 18 por ciento en apenas 6 años; tenemos más músculos que Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone juntos. En resumen, somos los amos.

Entonces, ¿por qué durante los últimos meses han proliferado las acciones de protesta contra el turismo?

Os lo explico: porque el turismo está repercutiendo sobre la vida de las personas, a veces con consecuencias negativas. Tal cual. No es tan difícil de asumir. No pasa nada. ¡Lo he dicho y sigo vivo! Sí, también el turismo tiene consecuencias negativas en la sociedad como lo tiene cualquier otra industria.

Así que, la turismofobia no existe (o no es, al menos, el motivo del surgimiento de las protestas contra el modelo turístico). La turismofobia es, en realidad, la fobia de la industria turística a debatir y dialogar sobre las consecuencias negativas que genera en la sociedad. Porque si triunfa la idea de que las protestas son por odio al turista, triunfará la idea de que no existen nuevas problemáticas y nuevos retos derivados de este modelo productivo que –siento ser pesado– es una “falsa gran apuesta” de las administraciones públicas.

Permitidme que piense que el sector se merece un análisis más fino y con más matices que los que estoy leyendo y escuchando últimamente. (Que alguien me explique qué es el sentido común).  No parece lo más inteligente parapetarse tras un concepto falaz. ¿Las protestas se deben al odio hacia los turistas? No, son movilizaciones contra las consecuencias negativas del modelo turístico que está transformando las ciudades. Se trata un problema que afecta a los servicios públicos, los comercios, salud, seguridad, educación, recursos, etc., no de un problema de odio como lo es la xenofobia o la homofobia. Intentar acercar estos conceptos supone una burda manipulación.

Me inquieta pensar que la industria haya comprado de manera mayoritaria este término tan superficial que estrangula el diálogo en profundidad. El conflicto visibilizado durante las últimas semanas es el problema de hoy, pero también la solución para lograr un sector sostenible, fuerte y que resista el crack de la futura diversificación de destinos turísticos el día de mañana.

Hagámonos a la idea: no podemos rehuir el debate. Tampoco vamos a evitar las medidas para regular la actividad turística de las diferentes administraciones de cualquier signo político e identidad nacional. El turismo ha dinamitado la paz social y se veía venir desde hace unos años porque está transformando las ciudades de manera que afecta al que vive del turismo, pero también al que le toca de manera tangencial. Cada uno con sus intereses.

En Colombia, país que he recorrido en dos ocasiones, -sí, como turista-, he conocido este mismo verano comunidades afrodescendientes e indígenas que llevan décadas resistiendo violaciones, multilaciones, asesinatos y desplazamientos temporales forzosos por no abandonar territorios que las multinacionales quieren explotar o los cárteles de la droga pretenden llenar de plantaciones de coca. ¿De verdad pensábamos que convertir el centro de las ciudades en parques temáticos que expulsa a los vecinos hacia la periferia no iba a generar ningún conflicto social? Somos unos visionarios.

¿Cómo generamos una industria turística sostenible? No lo sé, no creo que haya sólo una respuesta correcta. La única forma de saberlo es a través del debate real, del diálogo profundo entre las partes: industria, sociedad y administraciones. Desde luego el atrincheramiento del sector sólo puede traer mayor conflictividad social y, finalmente, perjuicio para sus propios intereses.

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